A más de 4.000 metros de altitud, cada paso se siente diferente. El aire es más ligero, el frío más intenso y el silencio parece tener una presencia propia. Cuando cayó la noche, el paisaje se transformó por completo: la superficie rojiza de la laguna comenzó a reflejar las luces del cielo y la inmensidad de la Vía Láctea apareció sobre nuestras cabezas formando un arco que parecía unir ambos horizontes, a mis pies, la laguna parecía haber trazado la forma de una mariposa sobre la tierra.
En lugares así, la sensación de aislamiento es absoluta. No hay ciudades, no hay ruido, no hay nada que distraiga la mirada de lo realmente importante. Solo la inmensidad del Altiplano boliviano y millones de estrellas brillando con una intensidad difícil de describir. Mientras observaba aquella escena, no podía evitar pensar en lo privilegiados que somos de poder llegar a rincones tan remotos y contemplar algo que ha estado ahí durante miles de años.
¿Has vivido alguna vez un momento en el que la naturaleza te hizo sentir realmente pequeño?